lunes, enero 30, 2006

El Fin de los Pragmáticos

Estamos asistiendo, estas semanas, a la enfermedad de uno de los últimos políticos capaz de despertar cierto grado de unidad en ambos lados del hemiciclo ideológico israelí. Ariel Sharon ha sido un político valiente, un General que jamás ha dado una batalla por perdida y que, incluso en las situaciones más terribles para su país o para su propio prestigio personal, ha tenido el valor suficiente para ser leal a sus ideales. De hecho, esos ideales y la concreción de los mismos fue siempre la gran arma de Arik.

Sharon no ha sido alguien rendido a un principio religioso o a una ideología etérea contra la que es fácil colisionar con una frecuencia enfermiza. Al contrario, Ariel Sharon es y ha sido a lo largo de su larga experiencia como político un hombre pragmático. Alguien que ha entendido siempre dos cosas: Primera: que si sumas uno más uno siempre obtienes dos. En segundo lugar, ha sido de los pocos hombres de Estado capaz en asumir, en todas sus consecuencias, aquella máxima que ya anunció Ben Gurion: los palestinos jamás aceptarán la existencia de Israel. ¿Cómo podrían hacerlo mientras siguen pensando que los judíos ocuparon por la fuerza un solar que, no se sabe en qué documento, era de propiedad árabe?
Así que desde que asumió el liderazgo del Likud o el cargo de Primer Ministro centró sus esfuerzos en aplicar una regla de tres muy simple: Si los árabes jamás nos aceptarán, y nosotros jamás nos iremos de Israel, intentemos forzar las condiciones de seguridad suficientes para sobrevivir.

De hecho, esta premisa esencial es la piedra angular sobre la que se construyen decisiones como la retirada unilateral de Gaza, u otras decisiones de signo similar que pretenden adoptar los políticos de Kadima.

Muchos han sido los análisis a los que ha querido llegar la opinión pública de todo el mundo después de la victoria electoral de Hamás. La corrupción de los dirigentes de Fatah, la red de ayuda social del grupo terrorista Hamás o la imparable islamización de Oriente Medio son razones de peso pero, sin lugar a dudas, son razones que evitan entrar en el fondo del asunto. En la realidad más dolorosa: La negativa palestina a conseguir la paz. Los palestinos no sólo han desistido de tener su propio estado, sino que se han vendado los ojos, se han atado un cinturón de explosivos al pecho, y se han lanzado sin rumbo ni sentido contra los judíos de Israel.

Palestina no tiene terroristas suicidas, tiene ciudadanos suicidas. El apoyo masivo a Hamás sólo se entiende en una sociedad perversamente cruel. En un territorio donde en lugar de pragmáticos, nacen nihilistas sin sentido. Fatah era corrupta, pero había otros partidos laicos que se presentaban a las elecciones. Hamás es fundamentalista, pero había otros partidos religiosos que acudieron a los comicios. La gente, el palestino medio, no votó sólo a un partido religioso que invierte en ayuda social. Los palestinos han votado a un partido que, por lo pronto, va a provocar un resquebrajamiento furibundo de la economía palestina.

Es de locos pensar que, cualquier país civilizado, deba subvencionar a una banda de asesinos que promueve la destrucción de otros países. No porque Europa se vaya a preocupar de si los terroristas de Hamás lanzan bombas contra Israel compradas con cheques de la Unión, sino para evitar que Hamás pueda representar un nuevo desestabilizador en Oriente Medio. Quizás Europa, con un poco de ayuda, ha empezado a entender que Israel es sólo el primer muro de contención de un fanatismo suicida que se abalanza sobre Europa. Sobre los judíos y no judíos de este continente.

Sea como sea, mi Yo más escéptico me hace pensar que, tarde o temprano, la Unión Europea bajará la guardia y con su dinero veremos crecer, justo al lado de Israel, el gobierno más peligroso de la zona, subvencionado, faltaría más, por todos aquellos entrañables “amigos” de los judíos y profundamente enemigos de Israel.