jueves, julio 20, 2006

Cristianadas

El otro día llegó a mis manos un artículo de un periódico que no suelo leer. Sé que una persona bien informada debe consultar toda clase de prensa pero, por razones diversas, mis ojos no acostumbran a pasearse entre las letras impresas del diario “La Razón”. Debo reconocer que me quedé boquiabierto con una columnita llamada: “Judiadas”, escrita por Jorge Berlanga y dedicada, en toda su extensión, a agredir violentamente a todos y cada uno de los judíos de nuestro mundo, del mundo pasado e incluso del futuro.

El artículo del señor Berlanga (entiéndase “señor” como un eufemismo) es, de hecho, bastante sencillo en su composición. En unas cuantas líneas manifiesta un notable odio contra los judíos (contra todos), construido a partir de afirmaciones tan “científicas” como la siguiente: los hebreos “siguen quejándose de que los echan de todas partes. Incluyendo los Reyes Católicos y la Alemania nazi.” Para el señor Berlanga la persecución en España, las miles de conversiones (sé alguna cosa al respecto), la expulsión masiva o el genocidio europeo de la Segunda Guerra Mundial no son más que “excusas” para que los judíos de hoy “sigan quejándose”.

Berlanga golpea, con fervor religioso, en el mismo punto exacto que lo hacen otros destacados ideólogos de la judeofobia como él (léase Hitler, Maruja Torres, Javier Nart o Gregorio IX). Acusa a los judíos de ocupar posiciones estratégicas desde “Wall Street a toda caja viviente”. Al margen de esto, el autor de la columna menciona un nuevo delito imputable a la tradición judía en pleno: “hizo una corrección en el libro diciendo que eran el pueblo elegido”. Obvio. ¿Cómo podía Dios elegir a un pueblo que está todo el día en “Wall Street o en toda caja viviente” en lugar de en el Templo?

Una de las cosas que más me llamó la atención fue el título del artículo. “Judiadas”. ¡Qué raro! pensé. Judiadas… ¿qué palabra más fea se ha inventado este señor? Así que, por curiosidad innata, agarré el diccionario de la Real Academia de la Lengua que tengo en casa y busqué la palabra. ¡Vaya! ¿Quién iba a decirlo? Qué sorpresa más grande cuando encontré la siguiente definición literal en el libro de cabecera de este bonito idioma: “f. Acción mala, que tendenciosamente se consideraba propia de judíos”. Obsérvese que el diccionario dice “tendenciosamente”. Más que nada para puntualizar que, en realidad, no todas las acciones hechas por un judío son malas. ¡Qué descanso!

Así que el señor Berlanga no se había inventado la palabra. Ya existía. Me pareció muy curioso así que seguí mi investigación. ¿Quizás el señor Berlanga tampoco se había inventado el odio racista que traspira su artículo? Pues no. Tampoco. Al empezar el texto el autor del artículo dice algo que resulta sospechoso “¿Por qué no se puede hablar de los judíos? ¿Tanto miedo dan?” ¿Miedo? Berlanga da en el clavo en esta segunda pregunta. Una vez superada la barrera del miedo los periodistas como él tienen vía libre para lanzarse a la yugular de toda una comunidad. No de una cualquiera, pero si de la judía, una víctima propiciatoria para los escritores mediocres como Jorge Berlanga.

Todos los periodistas sin principios, todos los escritores que sienten el gusano de la judeofobia rasgándoles las tripas, pueden abrir sus bocas y vomitar sus insultos. No pasará nada, la gente los leerá con atención y pensará: “claro, es normal, si es que los judíos son pérfidos”. El problema no es un señor Berlanga, el problema es un país que permite que su primer ministro se haga fotos con un pañuelo palestino. El mismo estadista que recortó el Estatuto catalán hasta adaptarlo a sus intereses electorales, apoya sin escrúpulos la creación de un estado que jamás ha existido. Eso sí, sólo porque al otro lado de la frontera de Gaza hay muchos judíos. ¡Qué cristianada!