Tiranos y mentiras.
Una vez, en un gesto histórico de una importancia crucial, el presidente Bill Clinton calificó a Yáser Arafat como “el mentiroso más grande de la historia”. Evidentemente exageraba. Se olvidaba de seres humanos tan retorcidos como José Saramago, una especie de estalinista caduco que fue capaz de decir, ante los 3 edificios parcialmente derruidos de Jenín, que todo aquello le recordaba a Austwich. ¿Estuvo Saramago en Austwich? En el caso de que hubiera estado, no me cabe ninguna duda de en qué bando se alistó.
En otra ocasión fue el diplomático Hosni Mubarak quien, en un arrebato de cólera y desesperación, increpó al rais palestino con un: “¡firma perro!”.
Estos días se conmemora el primer aniversario de la muerte de Yáser Arafat, un tirano más preocupado por mandar el dinero de las Naciones Unidas a sus familiares directos (o indirectos) que no a invertir ese dinero en aquello para lo que fue pensado. De hecho, la perversidad moral de este individuo es tan terrible que el robo y el expolio al que sometió a su pueblo son meras anécdotas, comparándolas con actos tan terribles como los asesinatos de civiles cristianos durante las fechas previas a la guerra del Líbano, el intenso terrorismo de los años 70, que acabó por forzar a Jordania a expulsarlo o, lo más terrible, la sarta de mentiras con las que ha inundando a su propio pueblo con la única voluntad de permanecer en el poder mediante su propio régimen dictatorial.
Mentiras que, además, son creídas a pies juntillas por un número ingente de periodistas y “opinadores” profesionales, más por ser patrañas anti-judías que farsas pro-palestinas. Sin olvidarnos de los políticos, un tema sobre el que podrían escribirse hojas y hojas de hechos terribles. Hechos que van desde los libros judeófobos promovidos por los ayuntamientos, hasta las campañas institucionales dedicadas a remarcar las bajezas morales de aquellos que compartimos etnia con los israelíes. Pasando, claro está, por los plantones que reiteradamente da IU al recuerdo que tributa el congreso a las víctimas de la Shoah, el Holocausto. Plantones construidos bajo excusas tan peregrinas como que no se rinde un homenaje a las víctimas comunistas. Que extraño entonces que IU celebre con tanta efusividad el Primero de Mayo, una celebración que no recuerda ni honra específicamente a los 8 agentes de policía asesinados en Haymarket ese mismo día. Policías que, al igual que los empleados de las empresas textiles, eran obreros con familia e hijos.
El mito “Arafat”, al igual que el mito “Palestina”, se construyó sobre mentiras entre las que, sin duda, la más cruel y miserable es la de querer convertir a Israel, la única democracia de Oriente Próximo, en una especie de Sudáfrica del Apartheid. Un Apartheid que, a pesar de haber sido remarcado durante el surrealista foro contra el racismo de Durban, tiene unas connotaciones muy extrañas. Fíjense ustedes, es un Apartheid en el que, curiosamente, los ciudadanos de origen árabe y religión islámica de Israel -algo más de un millón de personas y casi el 20% de la población-, gozan de todos los dones de la democracia, poseen diez representantes en el parlamento y, según las Naciones Unidas, son proporcionalmente los árabes con mayor nivel de educación y mejores índices de “desarrollo humano” gracias a las amplias garantías del estado. Es decir que la ONU, bañada por esa ducha fría de mentiras y resoluciones inexplicablemente anti-judías ha admitido, sin que eso implique nada en absoluto, que el millón de árabes israelíes tienen una vida más moderna, más segura, mejor educación y mejor cobertura sanitaria que los restantes 300 millones de árabes musulmanes. No es algo que nos sorprenda, sinceramente.
Afortunadamente hace un año este planeta perdió a un tirano. Una especie de dictador de antaño que ha legado hechos terribles a las próximas generaciones de árabes. Desde la pobreza endémica hasta una administración corrompida, capaz de gastar a espuertas el dinero que la Unión Europea e Israel les suministra periódicamente. Palestina es, como dije en otras ocasiones, un problema de tamaño desproporcionado. Un problema que jamás se resolverá, hasta que los propios palestinos, y el mundo árabe, quieran salir.
Recuerdo que tanto Judea y Samaria como Gaza estuvieron bajo soberanía árabe entre los años 1948 y 1956, sin que ninguno de los países musulmanes que tenían el control sobre el territorio decidiera conceder, a los palestinos, ese estado tanto tiempo perseguido. Una oportunidad perdida más.

