viernes, noviembre 11, 2005

Tiranos y mentiras.

Una vez, en un gesto histórico de una importancia crucial, el presidente Bill Clinton calificó a Yáser Arafat como “el mentiroso más grande de la historia”. Evidentemente exageraba. Se olvidaba de seres humanos tan retorcidos como José Saramago, una especie de estalinista caduco que fue capaz de decir, ante los 3 edificios parcialmente derruidos de Jenín, que todo aquello le recordaba a Austwich. ¿Estuvo Saramago en Austwich? En el caso de que hubiera estado, no me cabe ninguna duda de en qué bando se alistó.
En otra ocasión fue el diplomático Hosni Mubarak quien, en un arrebato de cólera y desesperación, increpó al rais palestino con un: “¡firma perro!”.

Estos días se conmemora el primer aniversario de la muerte de Yáser Arafat, un tirano más preocupado por mandar el dinero de las Naciones Unidas a sus familiares directos (o indirectos) que no a invertir ese dinero en aquello para lo que fue pensado. De hecho, la perversidad moral de este individuo es tan terrible que el robo y el expolio al que sometió a su pueblo son meras anécdotas, comparándolas con actos tan terribles como los asesinatos de civiles cristianos durante las fechas previas a la guerra del Líbano, el intenso terrorismo de los años 70, que acabó por forzar a Jordania a expulsarlo o, lo más terrible, la sarta de mentiras con las que ha inundando a su propio pueblo con la única voluntad de permanecer en el poder mediante su propio régimen dictatorial.

Mentiras que, además, son creídas a pies juntillas por un número ingente de periodistas y “opinadores” profesionales, más por ser patrañas anti-judías que farsas pro-palestinas. Sin olvidarnos de los políticos, un tema sobre el que podrían escribirse hojas y hojas de hechos terribles. Hechos que van desde los libros judeófobos promovidos por los ayuntamientos, hasta las campañas institucionales dedicadas a remarcar las bajezas morales de aquellos que compartimos etnia con los israelíes. Pasando, claro está, por los plantones que reiteradamente da IU al recuerdo que tributa el congreso a las víctimas de la Shoah, el Holocausto. Plantones construidos bajo excusas tan peregrinas como que no se rinde un homenaje a las víctimas comunistas. Que extraño entonces que IU celebre con tanta efusividad el Primero de Mayo, una celebración que no recuerda ni honra específicamente a los 8 agentes de policía asesinados en Haymarket ese mismo día. Policías que, al igual que los empleados de las empresas textiles, eran obreros con familia e hijos.

El mito “Arafat”, al igual que el mito “Palestina”, se construyó sobre mentiras entre las que, sin duda, la más cruel y miserable es la de querer convertir a Israel, la única democracia de Oriente Próximo, en una especie de Sudáfrica del Apartheid. Un Apartheid que, a pesar de haber sido remarcado durante el surrealista foro contra el racismo de Durban, tiene unas connotaciones muy extrañas. Fíjense ustedes, es un Apartheid en el que, curiosamente, los ciudadanos de origen árabe y religión islámica de Israel -algo más de un millón de personas y casi el 20% de la población-, gozan de todos los dones de la democracia, poseen diez representantes en el parlamento y, según las Naciones Unidas, son proporcionalmente los árabes con mayor nivel de educación y mejores índices de “desarrollo humano” gracias a las amplias garantías del estado. Es decir que la ONU, bañada por esa ducha fría de mentiras y resoluciones inexplicablemente anti-judías ha admitido, sin que eso implique nada en absoluto, que el millón de árabes israelíes tienen una vida más moderna, más segura, mejor educación y mejor cobertura sanitaria que los restantes 300 millones de árabes musulmanes. No es algo que nos sorprenda, sinceramente.

Afortunadamente hace un año este planeta perdió a un tirano. Una especie de dictador de antaño que ha legado hechos terribles a las próximas generaciones de árabes. Desde la pobreza endémica hasta una administración corrompida, capaz de gastar a espuertas el dinero que la Unión Europea e Israel les suministra periódicamente. Palestina es, como dije en otras ocasiones, un problema de tamaño desproporcionado. Un problema que jamás se resolverá, hasta que los propios palestinos, y el mundo árabe, quieran salir.

Recuerdo que tanto Judea y Samaria como Gaza estuvieron bajo soberanía árabe entre los años 1948 y 1956, sin que ninguno de los países musulmanes que tenían el control sobre el territorio decidiera conceder, a los palestinos, ese estado tanto tiempo perseguido. Una oportunidad perdida más.

jueves, noviembre 10, 2005

De Galí a Tariq.

Los sufridos ciudadanos interesados en la información sobre Israel y Oriente Próximo debemos soportar, desde hace un tiempo, un esperpento periodístico llamado Isabel Galí, corresponsal de TVC. La degradación del oficio de periodista bordea su cumbre más perversa con la destrucción informativa que perpetra, sistemáticamente, la señorita Galí. Cada una de sus crónicas es una clase práctica de propaganda judeófoba, perfectamente construida a partir de tópicos y estereotipos que no son, ni siquiera, originales.

Lo más alarmante no es la dolorosa humillación de saber que te están tomando el pelo, sino el peligro que supone justificar la violencia de unos, mediante la explicación sesgada de lo que es Israel. Recuerdo, con especial crudeza, un reportaje que, siguiendo las líneas de la prensa sensacionalista más rancia, hablaba sobre los alumnos de una escuela palestina condenados a una vida miserable porque Israel (en su afán de hacer el Mal) había construido el muro por encima de una parte del patio del susodicho colegio. Parecía lógico, por la exposición de la señorita Galí, que el hecho de no poder jugar a pelota en una parte del patio iba a provocar que esos niños, de manera comprensible, se convirtieran en terroristas.

Isabel Galí es un peligro pero, lo peor, lo más dramático, es que Galí no representa una seta solitaria en este bosque seco que es Europa. Isabel Galí es un eco, una voz reverberada que encuentra su poder en aquellos oídos que, o bien debido a la pura desinformación, o bien por el simple racismo, ya han leído su veredicto sobre Israel, “el judío de las naciones”. Una sociedad, la europea, que ve como arde París bajo la locura de una gran masa de jóvenes islámicos y que, como respuesta, activa esa “Alianza entre las civilizaciones”.

Una “alianza dispuesta a dar voz a personas perseguidas en medio mundo bajo la acusación de terrorismo. Personas como el mismísimo Tariq Ramadan, un individuo al que se le han cerrado las fronteras tanto de Francia como de Estados Unidos por su pasado (y su presente) terrorista. Eso sí, si la “alianza” se pone de acuerdo en que Israel no puede formar parte de la misma, habrá sido un éxito para sus participantes. Al igual que lo es cuando las Naciones Unidas condenan una tras otras las acciones de Israel, pero ni tan siquiera hacen el amago de responder cuando Irán les escupe en la cara que Israel debe ser exterminado.

¡Faltaría más que alguien pudiera pensar que las Naciones Unidas defienden a Israel! Francia, España y Alemania no podrían aceptar tal insulto. Israel es (y en eso están de acuerdo esos tres países) un gran mal causante, casi exclusivamente, de cualquier crisis del petróleo, de la guerra en Irak, del terrorismo de Al Qaeda, del precio de los lácteos, de la bomba atómica de Irán, de la Segunda Guerra Mundial, de Hiroshima y Nagasaki, del fascismo en Europa, de la violencia en Francia, del botellón en Madrid y de la suciedad de Barcelona.

Eso sí, Tariq Ramadan, un señor vinculado directamente con distintos movimientos terroristas, es un ejemplo extraordinario sobre el que fomentar la “Alianza de las Civilizaciones”. Pues yo, no quiero aliarme.

El Peligro de Galí.

Leíamos, en el texto Viaje al Infierno, la evolución de este fenómeno que sobrepasa el racismo, la xenofobia o cualquier tipología de odio conocida en nuestro planeta. La judeofobia tiene el dudoso mérito de ser única en su especie. El judeófobo no odia por miedo a lo extranjero, por miedo a lo desconocido, por miedo a otras razas; el judeófobo odia lo judío, de una manera visceral y terrible, con una rabia que surge de lo más profundo de su estómago, sin ni tan siquiera aproximarse a su cerebro.

En esta evolución, en este camino recorrido por los judeófobos, nos encontramos en un nuevo punto, en la zona del odio racista velado. En la persecución continua y violenta pero siempre escondida tras una cortina de corrección política. Un caso realmente preocupante de este fenómeno es la corresponsal de la Televisión de Catalunya TV3, en Jerusalén. Isabel Galí es un personaje no sólo preocupante, sino ávidamente peligroso. Capaz de colocar su cámara siempre desde el punto de vista más judeófobo, no informa jamás, sólo dedica todo el espacio que se le concede a construir, piedra a piedra, el odio racista contra los judíos.

Memorables son ya, en la comunidad judía catalana, reportajes como los dedicados al Muro de Separación, o sus conjeturas sobre los actos homicidas que "realizarían" los oficiales israelíes, si pudieran. No es necesario mirar a Galí de cerca para asustarse. Pueden, si quieren, leer un informe que existe sobre ella en internet, a consecuencia de una exposición fotográfica que montó en Sabadell. Una especie de sótano de los horrores de Goebbels, decorado con fotografías de niños palestinos muertos, y niños judíos sonrientes, enarbolando banderas israelíes y americanas (el otro gran enemigo de las mentes bien pensantes de Catalunya y Europa).

La judeofobia no es un fenómeno aislado en el tiempo. Ni tan siquiera es un fenómeno reducido a unos pocos practicantes. La judeofobia llega hasta la periodista voluntariamente ciega, que miente sobre Israel, con el beneplácito de una televisión pública que menosprecia e insulta a su audiencia. La judeofobia se instala en la televisión pública y se camufla, inteligentemente, como si fuera una opinión objetiva sobre política, economía o derecho nacional. Isabel Galí es una propagandista. Una ilusionista que ni tan siquiera tiene la habilidad necesaria para crear mitos. No hace más que vender y reconstruir mitos que, como hemos leído en Viaje al Infierno, ya fueron inventados muchos siglos atrás.

Dejando Gaza.

La primera parte del Réquiem de Mozart resulta terriblemente apropiada para ilustrar la salida de Neve Dekalim o Kfar Darom. El desalojo y la expulsión (por enésima vez) de miles de judíos que se ven empujados fuera de un pozo sin fondo, que todo lo engulle.

Gaza no es una franja, ni tan siquiera es una provincia con expectativas de evolución. Gaza es un problema de dimensiones tan exorbitantes que resulta imposible hacer un juicio sin caer de lleno en el pesimismo más rotundo. Una población con baja formación, sumida en una pobreza endémica, marginada por el resto del mundo árabe y, por si eso fuera poco, encajonada en una incultura que no hace más que aumentar sin remedio los índices de natalidad.

De hecho, no es algo nuevo en Palestina, este extraño pueblo inexistente cultural, religiosa, e históricamente. Los palestinos son árabes (de Arabia), practican el Islam (una religión creada en Arabia a partir de una informe mezcla de otros credos), y además no tienen ni nombre propio. Adoptaron la palabra que los romanos dieron a los filisteos: Philistina, Palestina. La otra gran mentira relacionada con Palestina es la que ha hecho creer a la gente que Israel es Tierra Santa para los musulmanes. Jamás lo ha sido.

Así como Jerusalén era la capital del pueblo judío, el Islam tiene dos Ciudades Sagradas: la Meca, y Medina. De hecho, esa mezcla de otras religiones que es el Corán ni tan siquiera menciona Jerusalén, simplemente se dice que Mahoma fue a rezar a Al Quds, La Lejana. Apelativo que podría servir para cualquier ciudad del mundo lo suficientemente lejos de Aqaba. De hecho, tan clara es la inexistencia de los palestinos que el mundo árabe se ha unido en más de una ocasión para expulsar a estos “homeless voluntarios” de países como Jordania, Líbano o Egipto. Un pueblo construido e inventado para atacar a Israel. Así de compleja es la política internacional. Qué gran imagen es esa de las avenidas del Cairo vacías ante el féretro de ese tirano llamado Iáser Arafat. Nadie en Egipto salió a la calle para despedir un terrorista que ni tan siquiera el mundo árabe veía con buenos ojos.

Recuerdo el grito que el presidente de Egipto, Hosni Mubarak, le lanzó a Arafat durante la reunión para cerrar los acuerdos de Gaza-Jericó I: “Imdi ya calb!” “¡Firma, Perro!”, le escupió. Buen ejemplo de lo que era Arafat. Estos meses Israel ha abandonado una tierra que jamás será suya. Es mejor así. Es cierto, abandonar tu casa después de 30 años de vivir en ella no es fácil. Pero debe ser así. Que sean ellos los que solucionen el problema que significa Gaza. ¿Podrán? No lo creo. Una cosa nos inquieta como judíos y, quizás, ningún no-judío puede entenderlo correctamente: el pueblo judío ha crecido entre expulsiones.

De Israel, de España, de Rusia, de Italia, de Europa… Las expulsiones constantes que hemos sufrido como pueblo han marcado nuestra historia y es normal que ahora, y ante el espectáculo de una nueva expulsión (ésta llevada a cabo por los soldados israelíes) se hayan desatado ciertos mecanismos mentales recurrentes y dolorosos. Ahora bien, dada la dureza de la situación y la magnífica reacción de los ciudadanos israelíes ante un momento tan terrible, el gobierno debe cumplir una promesa esencial vinculada con la seguridad. El Tsahal deberá responder con más dureza que nunca cualquier ataque desde Gaza. Abu Mazen deberá hacerse fuerte en la Franja pero si es incapaz, Israel deberá actuar.

Yom HaShoa.

Hoy es un día importante. Un día de recuerdo, de conmemoración, un día para tomarse cinco minutos de tranquilidad y pensar. Simplemente pensar sobre todo aquello que conmemoramos hoy.

Porque Yom Ha-Shoa significa muchas cosas. Porque el mismo Holocausto significa muchas cosas. Des de la muerte, la humillación y la impotencia, hasta la toma de conciencia de nuestro propio ser.

Si bien es cierto que el Holocausto significó la exterminación de 6 millones de vidas humas (simplemente por el hecho de ser judías), ese acto de barbarie también significó el golpe definitivo para que el pueblo hebreo recuperase su sentimiento de pertenencia. Muchos judíos descubrieron que lo eran, mientras les cosían la estrella amarilla en la chaqueta. La Shoa dio a los judíos de entonces un triste mensaje, pero un mensaje que acabó conformando el mundo judío que conocemos en la actualidad. Theodor Herzl jamás imaginó tamaña barbarie cuando dio a luz Israel, en el Congreso de Basilea, pero qué duda hay que la carnicería nazi nos hizo entender que un nuevo estado para nosotros, era cuestión de vida o muerte.

Quizás es la mejor ocasión que tenemos para pensar. Pensar sobre la muerte pero también sobre el nacimiento. Pensar sobre la dureza y la humillación de los campos de exterminio, pero no olvidar los campos de naranjos que reverdecen el Negev. Reflexionemos sobre la destrucción de la floreciente Europa judía, cuna de talentos, de ciencia, de literatura. Pero reflexionemos también sobre el nuevo corazón judío que se abre, no sólo en Israel, sino también en España, después de tantos siglos de ocultación y casi extinción.

Pero antes de todo esto, reservemos un rincón de nuestra memoria no sólo a los muertos en los campos, sino también a aquellas víctimas que sobrevivieron, pero que vieron prolongada su persecución una vez acabada la guerra. A las víctimas de los Campos de Desplazados de Europa, a los náufragos de los distintos barcos que intentaban alcanzar las costas de Palestina y a los muertos en el pogrom de Kielce del año 1946.

Jacob Valais. Der Jüdestaat.

Era sólo un deseo, una esperanza. Tenía todos lo requisitos para ser calificado de utopía: cuando Teodor Herzl, desde Basilea, inició el movimiento sionista en 1897., con su “Der Jüdestaat”.

Ha pasado más de un siglo. El pueblo judío que, desde la diáspora, había sido perseguido, escarnecido, vilipendiado por toda Europa; vio acrecentado el peligro. En pleno siglo XX, sufrió la más increíble y feroz de las persecuciones. Hubo un determinado propósito de exterminio del pueblo judío. El mundo permaneció ciego y mudo. Nadie se enteraba de lo que pasaba en Dachau, Bergen Belsen, Auschwitz, Treblinka, Maidanek, Sobibor, Matthausen…

Cuando, al acabar la Segunda Guerra Mundial no se pudo ignorar más el genocidio cometido; Europa, hipócritamente, derramó unas lágrimas de cocodrilo, pero, con la Gran Bretaña al frente, procuró evitar a toda costa, que el pueblo sobreviviente, pudiera alcanzar y aposentar-se en el lugar de sus ancestros. Fue el mismo pueblo de la Diáspora que, contra viento y marea, volvió a la Tierra Prometida. Eran mil setecientos años de falsa propaganda adversa, hasta llegar a considerar ofensiva, la palabra “judío”.

Retrocedo unos años, hasta comienzos del siglo XX.

Volvemos a la tierra que, probablemente, con más nombres ha sido conocida, Israel, Palestina, Tierra Santa, La Tierra Prometida...

Los habitantes de país, los palestinos, sin conciencia todavía, de su “palestinidad”, convivieron largos años con los colonos judíos que iban llegando de todas partes. Los recién llegados, estaban convirtiendo en un productivo vergel, el árido suelo de su tierra. No eran ocupantes. En muchos casos, eran unos bienvenidos colaboradores. Pagaban religiosamente los terrenos que compraban. Los ocupantes, eran de otra clase, y los enviaba, primero el Diván desde Estambul y, más tarde, el ministerio de la Guerra de Gran Bretaña.

La Primera Guerra Mundial trajo consigo, el cambio de potencia dominante (bajo el mentiroso eufemismo de “protectora”) Pero también, la necesidad de la ayuda judía al esfuerzo de guerra de los aliados. Llegó la Declaración Balfour. En ella, se prometía al pueblo judío: el oro y el moro. Al final, solamente quedó el moro. I no, precisamente el palestino.

Llegó, como era de esperar, la Segunda Guerra Mundial. A su término; el país donde se asienta Israel, se vio rodeado por una serie de estados, más o menos tutelados por la Gran Bretaña y Francia, pero de población árabe o, por lo menos, islámica, que, acabada la segunda guerra mundial, alcanzaron su independencia. Líbano, Siria, Jordania, Egipto, Irak. Enarbolaron la bandera del nacionalismo islámico. Con el furor catecuménico, de los recién convertidos al independentismo, pusieron sus ambiciosas miras sobre el suelo que estaban transformando los colonos, llegados de otros continentes.

Por otra parte, estaba ya fraguada la idea del Medinat Yisra’el . Desde la llegada a Yafo, en 1906, de David Grün. Más conocido como Ben Gurion.

Los sobrevivientes europeos del Holocausto, acudían en masa a la Tierra Prometida. La división mediterránea de la Royal Navy, hizo lo imposible para detener la riada. Sus intereses derivaban hacia el lado árabe de la previsible contienda.

El 17 de diciembre de 1947, la Liga Árabe, predicó la yihad contra el todavía nonato estado de Israel. Cinco eran los estados que pretendían la ocupación y reparto del territorio. I, cinco fueron los ejércitos que se prepararon para la ocupación. El Líbano, aunque el islamismo no detentaba el poder absoluto, también puso su ejército en pié de guerra. El de Egipto, con Naser al frente del gobierno, Siria, La Legión Árabe de Glubb Pashá i, no podía faltar: Irak. Cinco ejércitos adiestrados contra un puñado de agricultores deficientemente armados. Las cuentas eran claras. No podía haber duda alguna sobre el resultado de la guerra que se avecinaba.

Gran Bretaña, abandonó Israel de acuerdo con la resolución de las Naciones Unidas. En realidad, abandonó a los judíos a su suerte.

El día 17 de Mayo de 1948, David ben Gurion, leyó la proclamación de independencia de Israel. Al día siguiente, los ejércitos árabes iniciaron la invasión del país. No era, como se pretendía, una liberación del pueblo palestino, era una verdadera conquista militar, con un previsto y acordado repartimiento. En aquellos días, comenzó la odisea del pueblo palestino. Los ejércitos invasores, desplazaron a los musulmanes de su territorio, “para su seguridad”. La mayoría de ellos, para vivir como refugiados en los campamentos de Transjordania, donde fueron masacrados por la propia Liga Árabe en el “Setiembre negro” de 1970.

Después de la derrota árabe en la primera de sus guerras contra Israel, fue cuando convino a los árebes, fomentar el nacionalismo palestino. Les interesaba para mantener una guerra larvada contra Israel sin tener que presentar el rostro. Ya que, en las cuatro ocasiones en que lo han presentado, han tenido una desagradable experiencia.

Palestina i los palestinos, son un invento en función de la existencia de Israel. Para la Liga Árabe, cuando se decidió la Yihad contra el pueblo judío, los palestinos, no contaban para nada. Lo que ahora proclaman como “Nación Palestina” , no era más que un territorio objeto de sus deseos de expansión, a repartir, entre todos los participantes.

De todas maneras, en el día de hoy, Medinat Yisra’el ha superado las esperanzas puestas en “Der Jüdenstaat” por Teodor Herzl.

Mazal Tov!

Jacob Valais. Tisha BeAv.

Día de dolor. El día más triste del calendario Judío. El próximo Tisha BeAv, se cumplirán dos mil cuatrocientos diecinueve años de la destrucción de Templo. El Templo de Salomón. La cosa se repite en el mismo día del año setenta de la E.C. y, todavía se está llorando la pérdida. ¡La Casa de Dios! ¡Un Dios sin techo!

Después de la creación del Estado de Israel, se hubiera podido edificar un nuevo templo. Un templo, mucho más hermoso de lo que fue el de Salomón; por el precio de una docena de caza-bombarderos. Hay que reconocer que los aviones eran bastante más necesarios que un Templo. Pero, además, ha existido y existe todavía un problema de ubicación. El solar del antiguo templo está ya ocupado. El califa Omar ya cuidó de hacer anotar en el registro de la propiedad la construcción de su mezquita.

Ahora el lugar es sagrado para los seguidores de dos confesiones religiosas que, precisamente ahora, están en el punto álgido de su antagonismo. Las tres religiones “del Libro”, es decir, las tres religiones reveladas; han vivido momentos de casi, entendimiento y otros de franca beligerancia. Lo mejor del caso es que las tres se refieren al mismo Dios llámese Alá, Hashem o Dios Padre. Únicamente el Cristianismo se ha sacado de la manga la misteriosa troyka de la Trinidad. Dios es Uno y Trino. Forman las tres personas, un bloque compacto, pero escindible.

Es en lo que se diferencian las tres divinidades. Lo que es único e indivisible en el Judaísmo y en el Islam; se vende en paquetes de tres en el cristianismo, por el mismo precio.

De difícil solución veo la construcción de un nuevo Templo. Los islamistas radicales defenderán con uñas y dientes el espacio vital de la mezquita de Omar y Al Aqsa. En La Roca fue donde Abraham quiso sacrificar a su hijo a Hashem, que querría probar su fidelidad, ya que no se fiaba del "Certificado de Antecedentes Penales" de Abraham. Desde La Roca, Mahoma subió a los cielos. Una especie de Kourou, o Cabo Cañaveral en Oriente Medio. Sobre ambos hechos se han escrito libros. Se ha enseñado en las escuelas y en las universidades. ¿De quien era esposo Abraham? Según el Judaísmo y el Cristianismo, lo era de Sara. Según el Islam, la esposa de Abraham era Agar.

Dos historias divergentes que se apoyan sobre endebles argumentos de escasa veracidad contribuyen, hoy en día, a aumentar el grado de animadversión de dos pueblos que, al decir de los Libros, tienen el mismo progenitor.

¡Tantos años llorando la destrucción de un templo! NO se ha quedado Hashem a la intemperie. En la más pequeña de las Bet Hamidrash cabe perfectamente y puede moverse en ella con entera libertad.

Fue una gran desgracia la destrucción de los dos templos. Pero, mucho mayor fue la ocurrida a nuestro Pueblo Elegido, en los dos milenios que pasamos en Europa, acusados de todos los delitos, sufriendo todas les vejaciones, hasta acabar sufriendo la “Solución Final” en los campos de exterminio nazis. Europa tendría que rasgarse las ropas y arrojar ceniza sobre su cabeza en duelo permanente por los pecados cometidos y por los de omisión, por el trato dado a los practicantes de una religión que fue fundamento de la que gobernó los destinos europeos durante casi dos mil años.