El Peligro de Galí.
Leíamos, en el texto Viaje al Infierno, la evolución de este fenómeno que sobrepasa el racismo, la xenofobia o cualquier tipología de odio conocida en nuestro planeta. La judeofobia tiene el dudoso mérito de ser única en su especie. El judeófobo no odia por miedo a lo extranjero, por miedo a lo desconocido, por miedo a otras razas; el judeófobo odia lo judío, de una manera visceral y terrible, con una rabia que surge de lo más profundo de su estómago, sin ni tan siquiera aproximarse a su cerebro.
En esta evolución, en este camino recorrido por los judeófobos, nos encontramos en un nuevo punto, en la zona del odio racista velado. En la persecución continua y violenta pero siempre escondida tras una cortina de corrección política. Un caso realmente preocupante de este fenómeno es la corresponsal de la Televisión de Catalunya TV3, en Jerusalén. Isabel Galí es un personaje no sólo preocupante, sino ávidamente peligroso. Capaz de colocar su cámara siempre desde el punto de vista más judeófobo, no informa jamás, sólo dedica todo el espacio que se le concede a construir, piedra a piedra, el odio racista contra los judíos.
Memorables son ya, en la comunidad judía catalana, reportajes como los dedicados al Muro de Separación, o sus conjeturas sobre los actos homicidas que "realizarían" los oficiales israelíes, si pudieran. No es necesario mirar a Galí de cerca para asustarse. Pueden, si quieren, leer un informe que existe sobre ella en internet, a consecuencia de una exposición fotográfica que montó en Sabadell. Una especie de sótano de los horrores de Goebbels, decorado con fotografías de niños palestinos muertos, y niños judíos sonrientes, enarbolando banderas israelíes y americanas (el otro gran enemigo de las mentes bien pensantes de Catalunya y Europa).
La judeofobia no es un fenómeno aislado en el tiempo. Ni tan siquiera es un fenómeno reducido a unos pocos practicantes. La judeofobia llega hasta la periodista voluntariamente ciega, que miente sobre Israel, con el beneplácito de una televisión pública que menosprecia e insulta a su audiencia. La judeofobia se instala en la televisión pública y se camufla, inteligentemente, como si fuera una opinión objetiva sobre política, economía o derecho nacional. Isabel Galí es una propagandista. Una ilusionista que ni tan siquiera tiene la habilidad necesaria para crear mitos. No hace más que vender y reconstruir mitos que, como hemos leído en Viaje al Infierno, ya fueron inventados muchos siglos atrás.


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