Dejando Gaza.
La primera parte del Réquiem de Mozart resulta terriblemente apropiada para ilustrar la salida de Neve Dekalim o Kfar Darom. El desalojo y la expulsión (por enésima vez) de miles de judíos que se ven empujados fuera de un pozo sin fondo, que todo lo engulle.
Gaza no es una franja, ni tan siquiera es una provincia con expectativas de evolución. Gaza es un problema de dimensiones tan exorbitantes que resulta imposible hacer un juicio sin caer de lleno en el pesimismo más rotundo. Una población con baja formación, sumida en una pobreza endémica, marginada por el resto del mundo árabe y, por si eso fuera poco, encajonada en una incultura que no hace más que aumentar sin remedio los índices de natalidad.
De hecho, no es algo nuevo en Palestina, este extraño pueblo inexistente cultural, religiosa, e históricamente. Los palestinos son árabes (de Arabia), practican el Islam (una religión creada en Arabia a partir de una informe mezcla de otros credos), y además no tienen ni nombre propio. Adoptaron la palabra que los romanos dieron a los filisteos: Philistina, Palestina. La otra gran mentira relacionada con Palestina es la que ha hecho creer a la gente que Israel es Tierra Santa para los musulmanes. Jamás lo ha sido.
Así como Jerusalén era la capital del pueblo judío, el Islam tiene dos Ciudades Sagradas: la Meca, y Medina. De hecho, esa mezcla de otras religiones que es el Corán ni tan siquiera menciona Jerusalén, simplemente se dice que Mahoma fue a rezar a Al Quds, La Lejana. Apelativo que podría servir para cualquier ciudad del mundo lo suficientemente lejos de Aqaba. De hecho, tan clara es la inexistencia de los palestinos que el mundo árabe se ha unido en más de una ocasión para expulsar a estos “homeless voluntarios” de países como Jordania, Líbano o Egipto. Un pueblo construido e inventado para atacar a Israel. Así de compleja es la política internacional. Qué gran imagen es esa de las avenidas del Cairo vacías ante el féretro de ese tirano llamado Iáser Arafat. Nadie en Egipto salió a la calle para despedir un terrorista que ni tan siquiera el mundo árabe veía con buenos ojos.
Recuerdo el grito que el presidente de Egipto, Hosni Mubarak, le lanzó a Arafat durante la reunión para cerrar los acuerdos de Gaza-Jericó I: “Imdi ya calb!” “¡Firma, Perro!”, le escupió. Buen ejemplo de lo que era Arafat. Estos meses Israel ha abandonado una tierra que jamás será suya. Es mejor así. Es cierto, abandonar tu casa después de 30 años de vivir en ella no es fácil. Pero debe ser así. Que sean ellos los que solucionen el problema que significa Gaza. ¿Podrán? No lo creo. Una cosa nos inquieta como judíos y, quizás, ningún no-judío puede entenderlo correctamente: el pueblo judío ha crecido entre expulsiones.
De Israel, de España, de Rusia, de Italia, de Europa… Las expulsiones constantes que hemos sufrido como pueblo han marcado nuestra historia y es normal que ahora, y ante el espectáculo de una nueva expulsión (ésta llevada a cabo por los soldados israelíes) se hayan desatado ciertos mecanismos mentales recurrentes y dolorosos. Ahora bien, dada la dureza de la situación y la magnífica reacción de los ciudadanos israelíes ante un momento tan terrible, el gobierno debe cumplir una promesa esencial vinculada con la seguridad. El Tsahal deberá responder con más dureza que nunca cualquier ataque desde Gaza. Abu Mazen deberá hacerse fuerte en la Franja pero si es incapaz, Israel deberá actuar.


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