De Galí a Tariq.
Los sufridos ciudadanos interesados en la información sobre Israel y Oriente Próximo debemos soportar, desde hace un tiempo, un esperpento periodístico llamado Isabel Galí, corresponsal de TVC. La degradación del oficio de periodista bordea su cumbre más perversa con la destrucción informativa que perpetra, sistemáticamente, la señorita Galí. Cada una de sus crónicas es una clase práctica de propaganda judeófoba, perfectamente construida a partir de tópicos y estereotipos que no son, ni siquiera, originales.
Lo más alarmante no es la dolorosa humillación de saber que te están tomando el pelo, sino el peligro que supone justificar la violencia de unos, mediante la explicación sesgada de lo que es Israel. Recuerdo, con especial crudeza, un reportaje que, siguiendo las líneas de la prensa sensacionalista más rancia, hablaba sobre los alumnos de una escuela palestina condenados a una vida miserable porque Israel (en su afán de hacer el Mal) había construido el muro por encima de una parte del patio del susodicho colegio. Parecía lógico, por la exposición de la señorita Galí, que el hecho de no poder jugar a pelota en una parte del patio iba a provocar que esos niños, de manera comprensible, se convirtieran en terroristas.
Isabel Galí es un peligro pero, lo peor, lo más dramático, es que Galí no representa una seta solitaria en este bosque seco que es Europa. Isabel Galí es un eco, una voz reverberada que encuentra su poder en aquellos oídos que, o bien debido a la pura desinformación, o bien por el simple racismo, ya han leído su veredicto sobre Israel, “el judío de las naciones”. Una sociedad, la europea, que ve como arde París bajo la locura de una gran masa de jóvenes islámicos y que, como respuesta, activa esa “Alianza entre las civilizaciones”.
Una “alianza dispuesta a dar voz a personas perseguidas en medio mundo bajo la acusación de terrorismo. Personas como el mismísimo Tariq Ramadan, un individuo al que se le han cerrado las fronteras tanto de Francia como de Estados Unidos por su pasado (y su presente) terrorista. Eso sí, si la “alianza” se pone de acuerdo en que Israel no puede formar parte de la misma, habrá sido un éxito para sus participantes. Al igual que lo es cuando las Naciones Unidas condenan una tras otras las acciones de Israel, pero ni tan siquiera hacen el amago de responder cuando Irán les escupe en la cara que Israel debe ser exterminado.
¡Faltaría más que alguien pudiera pensar que las Naciones Unidas defienden a Israel! Francia, España y Alemania no podrían aceptar tal insulto. Israel es (y en eso están de acuerdo esos tres países) un gran mal causante, casi exclusivamente, de cualquier crisis del petróleo, de la guerra en Irak, del terrorismo de Al Qaeda, del precio de los lácteos, de la bomba atómica de Irán, de la Segunda Guerra Mundial, de Hiroshima y Nagasaki, del fascismo en Europa, de la violencia en Francia, del botellón en Madrid y de la suciedad de Barcelona.
Eso sí, Tariq Ramadan, un señor vinculado directamente con distintos movimientos terroristas, es un ejemplo extraordinario sobre el que fomentar la “Alianza de las Civilizaciones”. Pues yo, no quiero aliarme.


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